Hace años me quedé estancado. 20+ años disparando, pero cada jornada daba resultados mediocres. Imágenes nítidas, composiciones ajustadas, exposiciones perfectas, pero al verlas me repetía. Eran técnicamente buenas, pero sin inspiración. Volví a mis libros de fotos (Abell, Muench, Rowell) y reaccioné físicamente a sus imágenes. Me di cuenta: no estaba viendo la luz. Sabía horas óptimas, exposición precisa, flash de relleno, pero usaba la luz, no la veía, no la observaba, no la hacía mi tema. Me había fijado en objetos (rocas, árboles Joshua) en vez de en cómo la luz reaccionaba e interactuaba con ellos. Al darme cuenta de que mi verdadero tema era la luz, yo y mi foto se transformaron.
Tengo suerte de vivir cerca; camino y fotografo a menudo. Me atraen colinas y árboles que visten el paisaje. Comparando con mis maestros, mis imágenes flaqueaban. Así que estuve en un sitio sin levantar cámara, mirando con la luz en mente. Fui mañanas tempranas, tardes, mediodías. En vez de centrarme en belleza natural, miré qué hacía la luz: brillo azulado matutino, calor vespertino, luz moteada entre árboles golpeando suelo, reflejos distintos en arroyo, luz difusa silenciando tonos a casi monocromo en niebla matinal. Al ver tanto poder como sutileza, escenas familiares se volvieron nuevas.