Nunca fui boy scout, pero su lema "Siempre listo" define mi fotografía. Haciendo bodas cada fin de semana, la redundancia de equipo era innegociable. Un domingo fallaron cuerpo, flash y cable al mismo tiempo; tenía copias de todo. Esa jornada validó mi regla: lo imprevisto te pilla si no vas un paso por delante.
Como guía de tours, me preguntan qué objetivos llevar. Mi respuesta: "Lo que quepa en la mochila". Doce onzas extra no rompen la espalda, pero no tener ese objetivo cuando hace falta sí rompe la toma. Anticipa sujetos probables y, si cabe, llévalo.
Siempre llevo flash: rellena sombras, suaviza contraste, sirve de luz principal en interiores, añade brillo al ojo. Una vez, fotografiando leones en niebla matinal, el sol les daba de lado y la cara quedaba en sombra. El flash salvó la toma. Otro día, en mi jardín, tenía dos flashes en trípodes y un 200-400 mm en cabezal cardán para polluelos de petirrojo. De la nada apareció un conejo con hierba en la boca. Como los flashes estaban desconectados de la cámara (sin cables que limitaran mi reacción), solté el conjunto, me tiré al suelo y disparé antes de que huyera. Esa foto del conejo ha vendido más que centenares de petirrojos en diez días.
En Canyonlands NP, el cielo estaba cubierto, lloviznaba y recogíamos equipo. De repente se abrió un claro, apareció un arcoíris y tuve que montar trípode, quitar tapa, ajustar diafragma, poner disparador remoto, componer y girar el polarizador para potenciar (no borrar) el arcoíris. Todo en segundos. Si no dominas tu gear por instinto, la magia se escapa.
Conclusión: Prepárate con redundancia, anticipa lo improbable, domina los controles sin mirar. Así, cuando lo inesperado ocurra, tú estarás listo; los demás solo verán cómo se fue la oportunidad.